El Hugo

🕔 07 de Septiembre de 2010

¿Cómo comenzó la historia del Hugo y la pelota? Existió el momento exacto en que la vio por vez primera y fui testigo. Sería una larga sociedad y esa tarde comenzó. Tendría 3 años y vivía en el campo. Una familia numerosa. Todavía eran felices. Al ver picar la de goma la paró con el empalme del pié derecho y la miró con atención. Estaba de la mano de su mamá mirando la pelota. Lo juro. Lo vi. Yo estaba ahí. Y lo recuerdo bien porque me pareció raro que un chiquito tan chiquito parara la redonda de esa manera. Pensé en la casualidad. Creí haber olvidado el episodio. Pero no. Por lo que se ve no lo había olvidado. Algo quedó en la memoria. Años después lo volví a ver en un entrenamiento. Estaba prendido en un partido de práctica y jugaba, insólitamente calzado con botitas de goma. Parecía que andaba en patines esquivando obstáculos con la pelota atada. Se notaba que el extraño calzado le molestaba para correr, pero cuando la agarraba era la cosa. Hasta con botas de goma mostraba la clase. Flaco y callado, muy chico, ¿12/13 años?, jugaba seriamente. Y era el de la pelota de goma en el campo. Lo conocí por la forma de pararla con el empeine. Lo juro. Lo vi. Yo estaba ahí. La sociedad ya funcionaba perfectamente y a pesar del físico y de las botitas se veía que la primera estaba cerca. Dije que jugaba seriamente y en realidad todo lo hizo seriamente, siempre; aunque a la hora de las risas y las bromas era fatal, todo lo hizo en serio. Por entonces su amigo Fabián entrenaba con dos zapatillas izquierdas. Un par completo lo guardaba para la escuela. No les sobraba nada al Hugo y al Fabián; en esas cosas que dependen de la guita digo, porque en la cancha ya se veía que la primera estaba cerca para los dos. Al tiempo, cuando paso la época de las botitas, lo vieron. Empezó a jugar en primera tan flaco y tan callado como el primer día. De repente lo habían visto. Alguien se dio cuenta y pasó a primera y nada volvería a ser lo mismo ni para el ni para su club. La sociedad con la redonda se acentuó, empezó a funcionar a pleno y nació la leyenda. Eran los primeros tiempos de la sociedad cuando sucedió lo que dicen que sucedió. Yo no lo vi. No estaba ahí. Dicen que una noche, cuando estaba haciendo unos piques con unos pocos que se habían atrevido al frio de julio, un hombre, alguien, de negro dicen algunos, de rojo dicen otros, pálido comentó un tercero, se acercó al alambrado y con un chistido lo llamó. El Hugo se acercó algo desconfiado, cuentan, y luego acompañó al extraño hasta el portón de entrada y bajo el farolito amarillo conversaron. Parece que hubo un pacto, un arreglo, un convenio…que se yo. La cuestión es que empezó a pasar entre los rivales como si nada. Pasaba el Hugo, siempre, siempre pasaba. Era magia. Era mágico. Pasaba como si los cuerpos de los marcadores fueran de niebla. Por los días del convenio, del que algunos hablaban, el Hugo jugaba a lo loco y si le agregamos que ahora pasaba por entre los contrarios…se imaginan, era una cosa seria. Para completar el milagro jugaba con el Tero. El Tero las metía todas y se entendía con el Hugo de memoria y sin mirarse. Si hasta parecía que eran hermanos, en el futbol digo, porque con el Hugo morocho y el Tero muy rubio, no cerraba lo de hermanos. A veces para que el otro hiciera el gol se lo perdían. Hicieron todas las campañas juntos y eran compadres, en el futbol digo. El Tero puteaba y se peleaba y el Hugo calmaba. Si hasta en eso se complementaban. Muchos partidos, muchos campeonatos ganados y mucha gloria deportiva para el Hugo y para su club. Le toco vivir la época en que los jugadores no cobraban un peso. Jugaban por la camiseta y al Hugo y al Fabián les hacía falta el mango y nunca pidieron nada. El Tero tampoco. Yo lo se. Lo juro. Yo estaba ahí. Un día de mierda a la mierda fue a parar la idea del convenio con el hombre misterioso porque el Hugo se lesionó. Había ganado como 15 o 20 campeonatos, da lo mismo. Era multicampeón y un ejemplo. Lesionado quiso jugar y lo hizo. Había tanta clase que hasta lastimado hacía la diferencia. Por esos tiempos demostró que para ser el mejor jugador de futbol que haya pisado estas canchas no necesitó nunca convenio con sujeto alguno. Líder del equipo por toda la calidad del mundo, como persona y como jugador, sentó cátedra, sin alharacas y sin escombros. Cuando escribo estas líneas sentado en la tribuna, en el tercer escalón empezando de arriba, del lado de la tribuna chica, estoy palpitando como el Hugo trata de volver luego de la lesión, no se que pasará. Veremos. La vida personal del Hugo, por estos tiempos, ha cambiado, tiene lo que se propone y es un triunfador, lo suficientemente triunfador como para hacer calentar a los giles que no le tenían fe en la época en que deambulaba por distintas changas, buscando su destino. La tarde del campo en que la vio por primera vez habrá sido entonces por el año… no me acuerdo de la fecha, pero del empalme de la derecha que dejó a la de goma quieta y su mirada curiosa, de la mano de la madre, no me olvido. Yo estaba ahí.


Autor: José Enrique Doartero

Nota publicada: 07 de Septiembre de 2010

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