Historia de violines

🕔 14 de Septiembre de 2010

LA OPINION Número Especial Laprida, 25 de mayo de 1936

Cuando se descubre la existencia de un violín Stradivarius por alguno de los rincones del mundo, toda la prensa ocupa sendas columnas comentando el hallazgo, pues en realidad, se trata de una verdadera maravilla del arte musical. Ser poseedor de un violín Stradivarius, es todo un acontecimiento sensacional. Ello se debe a que Antonio Stradivarius, discípulo de Andrés Amati, allá por el año 1684, construyó estos instrumentos de acuerdo a una técnica propia y empleando ciertos procedimientos, cuyos secretos se fueron con él a la tumba. En esto Antonio Stradivarius, fue egoísta. No dejó a la posteridad sus conocimientos ni su ciencia en el arte de fabricar tales instrumentos. Es de notar que desde que Stradivarius dejó de construir violines, y de esto hace ya varios siglos, la ciencia y los técnicos en estos instrumentos musicales, han hecho extraordinarios esfuerzos, inauditos esfuerzos, por descubrir la fórmula que no quiso dar a conocer aquel célebre constructor. Es un gran secreto que todavía permanece en el misterio y que no tiene posibilidades de ser develado. En apariencia, un Stradivarius, cómo el que existe en Laprida, y otros pocos que se encuentran por todos los museos o en posesión de algún músico célebre, es un instrumento que no tiene nada de notable ni bonito, parece más bien un violín plebeyo, tosco, de muy poca elegancia, pero, en sus condiciones melódicas está el gran secreto. Es insuperable. La suavidad del sonido, la melodía, es superior, infinitamente superior, al mejor violín que se pueda construir en la época actual. Un violín de la época podrá ser lo más costoso que se quiera, pero, nunca será una maravilla como el Stradivarius, construido hace ya varios siglos. Antonio Stradivarius construyó conforme a su técnica algunos mil violines (sic), de los cuales en la actualidad, sólo existen muy pocos ejemplares, por lo que han venido a constituirse en verdaderas y codiciadas reliquias. Pues bien, después de estas referencias, si yo digo y aseguro en estas prestigiosas columnas, que en Laprida tenemos un violín Stradivarius, se me dirá que estoy soñando o que soy víctima de alguna alucinación o engaño. No hay tal cosa. Creo estar en lo cierto, a menos que se trate de una imitación perfecta. Su feliz poseedor no quiere dar su nombre y lo lamento porque entonces podría entrar en comprobaciones más exactas para demostrar que la existencia que la existencia del instrumento es absolutamente verídica. Hasta el estuche es de la época de Stradivarius. Su poseedor, y esto es lo más curioso, no le da importancia al instrumento, no obstante saber que es un violín Stradivarius. Lo visité en su domicilio. El violín está en su dormitorio como un trasto cualquiera y hasta le faltan las cuerdas. Maravillosa despreocupación ante uno de los más valiosos instrumentos que llenarían del más grande orgullo la más celebre de los músicos. Tiene pues el Stradivarius de Laprida una existencia humilde. Para terminar, diré, tomando una acertada definición del violín, al que se ha llamado con razón el Rey (sic) de los instrumentos, es, en efecto el más admirable mecanismo sonoro que se pueda imaginar. Por su sonoridad, ora dulce y melancólica, ora estridente, según la misma definición, hace pasar al oyente por toda la gama de las emociones más diversas. El violín es el sucesor directo de la viola. Insensiblemente, en Italia, en la primera mitad del siglo XVI, las formas del violín empezaron a modificarse poco a poco, hasta tomar las del violín moderno. Los primeros constructores del violín fueron Andrés Amati, luego Gaspar de Soló y Juan Pablo Maggini, de Brescia. Después de ellos vino Antonio Stradivarius que llevó el instrumento a la perfección más absoluta, pues los que él construyó, hasta el presente no han podido ser superados. Hoy los violines Stradivarius son prendas de estimable valor. El ejemplar que se encuentra en Laprida tendrá la virtud de “mover muchos títeres” cuando se conozca su existencia en las altas esferas del periodismo y de los círculos musicales. Cundirá el nombre de Laprida por los ámbitos del mundo por un violín de 1713 que hoy, cubierto por el polvo de los años, ni siquiera tiene cuerdas por la voluntad de su dueño.
# “La crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé” J.L. Borges

Fuente: José Enrique Doartero

Nota publicada: 14 de Septiembre de 2010

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